Zumby Pixel

Veracruz (Capítulo VIII)

¡Vivan los Japoneses!”, son algunos de los gritos más recurrentes que se escuchan hasta el despacho presidencial, en donde el General Presidente Victoriano Huerta se encuentra reunido con el Ministro de Relaciones Exteriores José López Portillo y Rojas y el reconocido poeta Salvador Díaz Mirón, director del diario oficialista “El Imparcial”.

Publicado 01 julio 2017 el 01 de Julio de 2017

por

Por: Miguel Salvador

Mientras los combates se intensifican en el puerto jarocho, en la ciudad de
México, miles de personas de reúnen a las afueras del Palacio Nacional gritando consignas en contra de la invasión: “¡Mueran los gringos!, ¡Mueran los yanquis!,
¡Vivan los Japoneses!”, son algunos de los gritos más recurrentes que se escuchan hasta el despacho presidencial, en donde el General Presidente
Victoriano Huerta se encuentra reunido con el Ministro de Relaciones Exteriores
José López Portillo y Rojas y el reconocido poeta Salvador Díaz Mirón, director del diario oficialista “El Imparcial”.

– ¿No gustan un trago señores?- ofrece el alcohólico usurpador de la presidencia mientras destapa una botella de coñac.
– Es usted muy amable señor Presidente, pero ya con la copita que me tome hace rato, entre en calor- le agradece nervioso el Lic. López Portillo.
– Gracias señor Presidente, pero usted sabe que no soy afecto a las bebidas espirituosas- dice en tono solemne el laureado poeta.
– ¡Sí!, Me percate de eso, cuando lo vi hacer gestos con dos coñacs que le invite, cuando vino a pedir por la vida de su paisano el periodista ese…
– ¡Don Juan Malpica Silva!, Es más que un paisano, es un buen amigo señor
Presidente, me salvo la vida cuando estuve muy enfermo combatiendo al forajido Santa Ana Rodríguez.
– ¡Si, si a Santanón!- exclama López Portillo- ¿Pero se le escapó, no?
– ¡Un tipo muy hábil!- afirma lacónico el poeta.
– ¡Si lo creo!, para que a usted se le vaya uno vivo es que debe ser más hábil.
El comentario sarcástico del ministro del exterior no es del agrado de poeta, quien además de ser reconocido internacionalmente por sus diamantinos versos, también es conocido por no tener paciencia y ser un experimentado tirador en duelos de honor.
– ¡Tenga cuidado con lo que dice Licenciado Portillo- exclama Díaz Mirón mirando al ministro por debajo de sus anteojos- recuerde que soy de mecha corta!.
– Bueno, bueno- interviene conciliador Huerta sin soltar un vaso de coñac de la mano- vamos a ver, ¿Ya tienen listo lo que vamos a declarar?.
– Si señor Presidente- le responde Díaz Mirón sin dejar de observar al ministro como midiendo la distancia para soltarle una cachetada por su comentario- utilizaremos un discurso patriótico para unir a las facciones en pugna, de tal manera que los que no se unan a usted… ¡Sean vistos como unos vulgares traidores a la patria!.
– ¡Como lo que son!- exclama Huerta sirviéndose otro trago.
En esos momentos, un edecán de la guardia presidencial anuncia la llegada del ministro de Guerra y Marina, general Aureliano Blanquet quien sin mucho preámbulo entra presuroso al salón presidencial.
– ¡Señor Presidente!- exclama Blanquet mientras hace el saludo militar y choca sus tacones de las botas.
– ¿Que noticias me traes Chano?- pregunta Huerta mientras da un gran sorbo a su vaso de coñac.
– ¡Nada alentadoras!- dice en tono apesadumbrado- ¡General Presidente, las comunicaciones con Veracruz se están cortando, los americanos ya han tomado los edificios de correos, telégrafos y la terminal de Ferrocarriles!.
– ¡Me lleva la que me trajo!- exclama el vicioso militar mientras acude a su escritorio donde tiene la botella de coñac.
– Nuestros hombres están combatiendo de acuerdo a sus órdenes, pero hemos recibido importantes informes desde Tampico…
– ¿También están desembarcando en Tampico?- pregunta Huerta mientras se sirve otro trago.
– ¡No señor!, pero me informan que la escuadra del Almirante Mayo salió para Veracruz.
– ¡Es terrible!- exclama López Portillo levantándose de su asiento.
– ¡Y no solo eso señor!, ¡La flota del Atlántico del Almirante Badger, también está moviendo hacia Veracruz!.
– ¡Por Dios!, ¡Ahora si me tomo otra copita!- dice López Portillo dirigiéndose a la mesa presidencial.
– ¡Será una terrible batalla!- Comenta el poeta, mientras limpia sus anteojos..
– ¡No!, ¡No!- exclama Huerta sosteniendo la botella de coñac y su vaso en cada mano- ¡Combatir en la ciudad de Veracruz sería un crimen!, con todas esas escuadras reunidas, ¡No!, ¡A ver Blanquet!.
– ¡Señor!
– ¡Ordénele al General Mass que se retire en orden a una distancia prudente!.
– El punto más cercano donde pueden concentrarse es el poblado de
Tejería- comenta Blanquet.
– ¡Que se retire con los Regimientos a Tejería de manera ordenada, que salve todo el material de guerra que pueda, vamos a alejar a la tropa del radio de operación de sus cañones!.
– ¡A la orden mi General Presidente!-exclama Blanquet haciendo un teatral saludo militar.
– ¿Don Salvador ya tiene listo los discursos para alentar al pueblo?- pregunta Huerta mientras da un trago a su vaso.
– Señor presidente- dice el poeta mientras se levanta de su asiento- aquí tengo los dos, el de usted y el del ministro de relaciones exteriores.
– Bien, quiero escuchar lo que va a declarar el licenciado López Portillo.
Díaz Mirón toce un poco como para aclarar su voz de trueno e inicia la lectura del discurso: “Es hora de agruparse alrededor del gobierno para resistir al enemigo. Pero al mismo tiempo no debe olvidarse que los extranjeros que residen y han resido de tiempo atrás entre nosotros no son culpables de la situación creada entre México y los Estados Unidos; en consecuencia, a dichos extranjeros se le debe respetar. Cuando la intervención francesa del 64, al pueblo mexicano dio muestras de cordura no atacando a los franceses ajenos a la pugna internacional. El gobierno de México espera del pueblo que igual cordura predomine ahora.
– ¡Muy bien!,- Huerta se sienta en su escritorio al lado de su botella y aplaude- con eso evitamos que se vaya a desatar la furia del pueblo contra los extranjeros y no se vayan a complicar las cosas. ¿Y lo que yo voy a decir?
– ¡Señor!, su mensaje será lacónico pero contundente.
– ¡Léalo, léalo!- exclama Huerta mientras se sirve otro trago.
– ¡A la República!- el poeta vuelve a toser para aclarar su voz-
“En el puerto de Veracruz, estamos sosteniendo con las armas el honor nacional…
– ¡Bien!- dice Huerta escuchando con atención- ¡Prosiga poeta!…
– El atentando que el gobierno yanqui comete contra un pueblo libre, es , ha sido y será el de la República, pasará a la historia que pondrá a México y al
Gobierno de los Estado Unidos, en el lugar que a cada cual corresponda”.
Firma Victoriano Huerta.
– ¡Muy bien, muy bien!. Huerta se levanta del escritorio y aplaude al poeta.
Los aplausos son interrumpidos por la presencia del Edecán presidencial quien nuevamente interrumpe en el salón.
– ¡Señor Presidente!, el encargado de negocios de los Estados Unidos se encuentra en la Sala de Espera, informa que le urge hablar con usted.
– ¿Qué cosa?- dice Huerta sorprendido y molesto- ¡Miren que desfachatez, eso no es tener vergüenza!
– ¡Señor Presidente!- interrumpe el Lic. López Portillo- ¿Si gusta yo lo atiendo?, recuerde que hay que guardar las formas diplomáticas.
– ¿Formas Diplomáticas?- exclama Huerta mientras vuelve hacia su botella de coñac- ¡Con las ganas que tengo de mandarlo a fusilar por ojete!.
– ¡General Presidente!- interviene el Poeta- el licenciado López Portillo, tiene razón, es mejor que mantenga la calma.
– ¡A ver hágalo pasar!.
– ¡Si señor!.
El señor Nelsón O´Shaughnessy, es un elegante diplomático americano de 38 años de edad, debido a que el gobierno de su país no reconoce al de Victoriano
Huerta, su título no es el de embajador, sino el de Encargado de Negocios, sin embargo en la realidad es el responsable de trasmitir las instrucciones del presidente americano Woodrow Wilson.
– ¡El señor Nelsón O´Shaughnessy!- exclama el Edecán.
– ¡Adelante, adelante amigo, bienvenido!- exclama Huerta tratando dedisimular su enojo al diplomático.
– ¡Señor Presidente!- saluda solemne el ministro americano- señores ministros.
– ¿A que debemos el honor de su visita señor O´Shaughnessy?- pregunta
Huerta con un todo sarcástico.
– Señor con bastante enfado me entero de la disposición de mi país, para hacerse del puerto de Veracruz, espero usted comprenda…
– ¿Comprender?- Las hipócritas palabras del ministro americano calan hondo en el vicioso- ¿Qué debo comprender Excelencia?, ¿Que ustedes tienen el derecho de tomar Veracruz?, ¡Claro!, ¡Tienen el poder, tienen la fuerza!, pero quiero que quede muy claro una cosa, ¡Nosotros también tenemos el derecho de defendernos!, ¡De ustedes o de cualquier otra potencia. Su excelencia el presidente Wilson ha declarado una guerra innecesaria con un pueblo que solo ha pedido que se le deje en libertad de seguir su propia evolución, su propio camino, aunque a ustedes los americanos no les parezca el correcto.
El elocuente discurso de Huerta, sorprende al americano dejándolo sin replica no dejándole otro remedio que pasar directamente a su petición.
– Su excelencia- continua el ministro sin disimular su incomodidad- , en verdad lamento esta situación, vengo a pedirle un favor personal, el que me apoye, ordenando que sus hombres mantengan las vías libres para la salida de nuestros compatriotas que buscan refugio.
– Señor O´Shaughnessy- contesta Huerta magnánimo- el licenciado López
Portillo, ya tiene instrucciones precisas, y no se preocupe los bienes y vidas de los americanos residentes en el país serán respetadas por mi gobierno, lo que no puedo decir de los rebeldes como Villa.
– Le agradezco infinitamente su gesto magnánimo excelencia.
– ¡Sí, sí! ¡Es todo lo que quería tratar?
– Si excelencia, General presidente.
– ¡Buenas tardes!- dice Huerta de manera descortés- si algo tienen de buenas.
– Buenas tardes, excelencia, excelentísimos ministros.
Con una sonrisa sarcástica el Cónsul se despide de los presentes, sin dar la espalda.
Al salir del Salón, el presidente Huerta estalla.
– ¿No le digo licenciado López Portillo?, Estos canijos gringos creen que todavía andamos con taparrabos y flechas, ya ni la friegan, pero ya se veía venir con la política intervencionista del presidente Wilson, pero.. ¡A que no se le ponen así a los alemanes!. ¿Sabe una cosa López Portillo?…
– ¿Señor?- pregunta nervioso el ministro.
– ¡Ya estuvo suave!- Huerta da un sorbo directamente de su botella de coñac- ¡Mañana a primera hora me saca usted del país a este granuja!, regrésele su pasaporte y que se vaya a donde quiera, que por mí lo mandaba directo a….
– ¡Señor Presidente!
– A fusilar, a fusilar Licenciado, bueno, pues ya que nos queda, más que tomarnos otro coñaquito para hablar con los periodista.
– ¡Salud general presidente!-López bebe un trago de Coñac.
El Consulado Americano en la ciudad de Veracruz está ubicado en la Calle de
Morelos y Emparan, justo en la línea de fuego de aquel 21 de abril de 1914.
Es una antigua casa de mampostería de dos pisos, típicas de la ciudad, en su interior se encuentran atrincherados algunos civiles americanos, que temen ser atacados por los mexicanos.
El teniente John Keaton logra llegar al lugar y se presenta con el Cónsul americano, el señor William Canadá.
– Señor Cónsul- habla Keaton algo sofocado por la carrera- , soy el teniente
John Keaton de Operaciones Especiales, creo que ya tiene conocimiento de mi misión.
– ¡Teniente!- Exclama con alegría el Cónsul dándole un abrazo a Keaton-
¡Gracias a Dios que llega!, La situación se está tornando difícil.
– ¡Señor!- responde Keaton mientras trata de zafarse del abrazo de aquel hombre regordete y sudoroso- tengo instrucciones de brindar seguridad al
Consulado y formar escuadrones que den seguridad a los perímetros que usted me indique.
– ¡Bien Teniente!- dice Canadá mientras toma del brazo a Keaton y lo conduce a un despacho cercano, donde se pierden un poco los sonidos de los disparos que están ocurriendo afuera- mire antes de entrar en detalles, quiero presentarle a un buen amigo que nos ayudara en esta misión. Es el señor Antonio Villavicencio, es inspector de la policía y tiene gran experiencia y conocimiento de la ciudad.
Dentro del despacho se encuentra un hombre de aspecto repulsivo, de ojos torvos, delgado y bigotes al estilo alemán. Aquel personaje es Antonio
Villavicencio, un “pájaro de cuenta” con un amplio expediente de corrupción dentro de la policía del régimen Porfirista, actualmente vecino de la ciudad de Veracruz después de haber sido expulsado de la ciudad de México. Su mal aspecto y su rostro denotan en aquel sujeto el triunfo del vicio.
– ¡Mucho gusto teniente!- dice Villavicencio levantándose de su asiento y extendiendo la mano al Teniente.
– Bien, bien- el Teniente evade el saludo aparentando prisa- tenemos poco tiempo, ¿Qué calles son las que tenemos que cubrir?
Keaton no puede evitar disimular la repulsión que le causa aquel personaje, lo que entiende Villavicencio y el Cónsul, quien rápidamente para cuidar las formas se dirige a una mesa donde se encuentran algunos mapas y documentos.
– ¡Mire!- señala el Cónsul uno de los mapas extendidos sobre la mesa- ¡En este mapa de la ciudad que amablemente nos proporcionó el señor
Villavicencio podrá observar nuestra ubicación!.
Las calles que tiene usted que cubrir son todas aquellas que darán protección al Consulado.
– ¡Efectivamente!- interviene Villavicencio demostrando el amplio conocimiento que tiene de la ciudad- , nos encontramos aquí en Morelos y
Emparan por lo que debemos cubrir sobre esta misma las boca calles de
Juárez, Emparan y Pastora así como la Calle de Montesinos con
Independencia, Bravo e Hidalgo.
Con eso podemos prevenir un contraataque y mantener ocupadas a las fuerzas federales hasta que se retiren.
– Bien – dice Keaton sin quitar la mirada del mapa- , me queda claro, daré las órdenes para que mis fuerzas empiecen a cubrir estas calles.
– Teniente, una vez que quede asegurado este perímetro, con gusto el señor
Villavicencio lo ayudara en su misión secreta.
– ¿Señor?- Keaton se sorprende de que el Cónsul mencione algo de sus actividades secretas.
– No se preocupe teniente- dice el Cónsul mientras toma se dirige a una mesa de servicio sonde hay algunas botellas con bebidas que parecen ser whiskies- , estoy enterado de sus instrucciones del alto mando de los servicios especiales, y le aseguro que el señor Villavicencio es de probada lealtad, de hecho él fue el que me confió la información que usted posee.
– ¡Así es!- interviene Villavicencio mirando fijamente al Teniente- por lo que debemos darnos prisa, para poder asegurar la biblioteca del Pueblo, ahí es donde se encuentran la mayoría de piezas que le interesan a su gobierno.
– Bien – Keaton en esta ocasión también observa a Villavicencio- entonces pasemos a proceder.
– Antes de proceder señor – dice Villavicencio acercándose al Tenientequisiera poder detallar algunas cuestiones de seguridad.
– ¿A qué se refiere?- pregunta Keaton intrigado y molesto ante la cercanía de aquel sujeto.
– Teniente, nuestro hombre en Veracruz, quiere que le confirmemos nuestros compromisos- interviene el Cónsul mientras da un sorbo de su bebida.
– ¿No entiendo?
– Teniente- dice Villavicencio con un tono siniestro- yo poseo mucha información delicada, como usted ya tendrá conocimiento, además de que me apoyan algunas personas de la ciudad, que ven con buenos ojos su intervención civilizadora.
– Creo, que voy entendiendo…
– Por eso requiero la seguridad de que su gobierno, al finalizar el conflicto nos brinde ciertas garantías.
– He sido instruido en ello, pierda usted cuidado señor…
– Antonio Villavicencio…-aclara el siniestro personaje como queriendo que le quede grabado su nombre al Teniente.
– No dude Teniente- interviene el Cónsul amistosamente, mientras da otro sorbo a su bebida- que nuestro hombre en Veracruz será su fiel servidor.
– ¡Eso espero Cónsul!- dice Keaton sin perder de vista las facciones del
Villavicencio- y no pierda cuidado, cuidaremos de sus amigos, que serán los nuestros, mientras no nos fallen.
– Gracias señor, gracias, seré su fiel servidor- dice Villavicencio haciendo una teatral caravana.
– Bien Teniente, pues para empezar me gustaría que me apoyara con un pelotón para escoltar a un gran amigo, que se encuentra muy preocupado por su señora madre, que se quedó en su casa, y en este momento debe estar aterrada.
– ¡Claro!, ¡Usted indíqueme y mandaré un pelotón a escoltarlo!.
– ¡Señor Jorge de Villa y Rosendo!- grita el Cónsul saliendo del despacho.
Los gritos del Cónsul provocan que don Jorge de Villa brinque como un resorte de una de las sillas del interior del Consulado donde aguardaba el apoyo necesario para regresar a su casa al lado de su madre.
Mientras esto ocurre en la ciudad de Veracruz, a miles de kilómetros de distancia desde su centro de operaciones en algún lugar del Estado de Chihuahua, se encuentran discutiendo la situación que acontece en el puerto jarocho, el señor
Venustiano Carranza, quien está al frente del grupo opositor al gobierno de
Huerta y su Ministro de Relaciones Exteriores, el reconocido abogado y escritor
Isidro Fabela.
El primer jefe del ejército constitucionalista lee con avidez los telegramas que tiene sobre su escritorio y se dirige a su ministro.
– Bien abogado- dice mientras acomoda algunos telegramas por orden de importancia- pues ya el ejército americano bloqueo la aduana, Huerta no recibirá los pertrechos de guerra.
– ¡Así es señor!- le responde el abogado mientras camina por aquel despacho mirando los retratos familiares sobre la pared- ahora hay que esperar la reacción de los demás generales.
– No hay que esperar mucho abogado- dice Carranza mientras se acomoda su anteojos- ya recibí un telegrama del general Obregón, donde me pide que le declaremos la guerra a los gringos.
– ¡Por Dios que ocurrencia!- exclama sorprendido y molesto el ministro.
– ya conoce usted a Obregón, es muy ambicioso, mire aquí me expone sus ocurrencias.
Carranza el entrega el telegrama a su ministro, quien no sale de su asombro.
– ¿Declarar la guerra a los americanos?
– Obregón alega que no es a Huerta al que atacan sino a la nación mexicana- dice con tono solmene don Venustiano.
– ¡Se está tomando atribuciones que no le corresponden!.
– ¡Así es abogado!, ¡Obregón es capaz de lanzarse contra algún pueblo de la frontera como Tucson!.
– ¿Usted cree don Venustiano?- pregunta muy serio el abogado.
– ¡De Obregón y Villa creo todo!- exclama don Venustiano levantándose de su asiento y golpeando en la mesa con su puño- pero es mejor mantenerlos peleando entre ellos que contra los gringos.
– Si señor, tiene toda la razón- le responde el Abogado, mostrando una leve sonrisa.
– ¿Que le dijo el secretario de Estado William Bryan?- pregunta Carranza mientras estira las piernas caminando por el despacho.
– El Secretario Bryan es un hombre conservador, muy religioso y también comparte el ideal moral del Presidente Woodrow Wilson, para ellos Huerta no es el hombre indicado para dirigir esta nación, ellos, me indico esperan que usted comprenda que las acciones del gobierno norteamericano son exclusivamente para sacar a ese borracho de la presidencia y que acceda una persona con alta probidad, que sea consiente del deber de los Estados
Unidos para con las naciones vecinas.
– ¡Pues que caray!- exclama el caudillo de la constitución- creo que ya tienen al hombre indicado, je je je, nomás que hay que hay que ser muy prudentes con esto de la diplomacia de altura.
– Si señor- afirma el ministro percatándose de las intenciones de su jefe.
– ¡A ver!, ¡Vamos a enviar un carta al presidente Wilson donde protestamos por este acto violatorio de la soberanía nacional!, ¡Expondremos que al ser
Huerta un presidente de facto, no tiene personalidad!, es más… agréguele que sencillamente ¡Es un delincuente!
– Sí señor…
– Dígale que si quieren tratar con un gobierno decente, tienen que tratar con el Gobierno Constitucionalista, ósea nosotros, no creo que quieran tratar con Zapata.
– ¡No señor!- responde lacónico el Abogado.
– Bueno, pues hágale saber al señor Bryan de manera extraoficial que estoy en la mejor disposición de llegar a acuerdos que nos beneficien a ambos países, claro siempre y cuando, sean acuerdos discretos.
– ¡Bien señor!.
– Y para estar bien cubiertos, mande telegrama a nuestros representantes en
Cuba, y Paris, con Sánchez Azcona, que es el encargado de boicotear los préstamos que pidió Huerta en Europa.
– Muy bien señor.
– Y pues ya nomás nos queda presionar a Huerta militarmente por el norte, no le quedan muchos días a ese canijo borracho, con la aduana tomada, se le acabaron sus ingresos.
– ¡Así es señor!, De hecho, la División del Norte esta que no se aguanta para avanzar a Zacatecas.
– ¡Ese Villa es un patán!- exclama furioso don Venustiano mientras patea una escupidera de metal del piso- ¡No obedece órdenes y me chantajea con renunciar, pero llevándose a todos los generales de la División del norte!, ¡Qué para colmo sólo lo obedecen a él!.
– Ese es el problema de Villa- le responde Fabela mientras observa los movimientos de Carranza.
– ¡Pero a todo santo le llega su capilla! – Carranza sonríe mientras vuelve a limpiar sus anteojos- estimado abogado, deje que se haga de Zacatecas, que cuando vea, nosotros ya estaremos en la ciudad de México y todo esto se habrá terminado.
– ¡Eso esperamos, por el bien de este país!

- US -