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Veracruz (Capítulo IX)

Los Infantes de Marina de los Estados Unidos han completado la primera fase de la operación sobre la ciudad de Veracruz.

Publicado 30 julio 2017 el 30 de Julio de 2017

por

Por: Miguel Salvador

Los Infantes de Marina de los Estados Unidos han completado la primera fase de la operación sobre la ciudad de Veracruz.

Las instalaciones del Hotel de la terminal de ferrocarriles ya han sido tomadas y están siendo utilizadas como hospital provisional y centro de operaciones en tierra para la tropa invasora.

A pesar del aparente éxito inicial de la operación, la situación se ha complicado para el comandante Wendell Neville, pues sus hombres están siendo presionados por el constante fuego de la resistencia veracruzana.

El sonido de los disparos se combina con los ruidos que producen los marinos trasladando el material de campaña y los gritos de dolor de los heridos.

– ¡A los heridos menos graves déjenlos en el primer piso a los demás llévenlos al segundo piso, andando, andando!- grita Neville a los enfermeros mientras trata de revisar los informes de sus hombres le presentan.

Los reportes que Neville recibe no son alentadores, los mexicanos mantienen un intenso fuego sobre las tropas americanas, desde cualquier punto del centro de la ciudad.
El Teniente Leland S. Jordan llega a reportar su situación.

– ¡Señor!- grita mientras choca los tacones de sus botas y hace el saludo militar de rigor- ya están tomados los objetivos principales, pero en la zona del muelle estamos recibiendo fuego de artillería de algún lugar del sur de la ciudad.

– ¿No han ubicado el lugar?- Neville pregunta sin dejar de mirar los reportes.

– ¡No señor!, hay algunos edificios que nos dificultan la observación.
– ¿Será que provengan del Baluarte de Santiago?- Neville se inquieta y observa hacia uno de los grandes ventanales de aquel moderno edificio, que funciona como hotel y terminal de ferrocarriles.
– ¡Lo dudo señor!- afirma inquieto Jordan- ese lugar parece abandonado
– El Capitán Rush me ha dado instrucciones de enviar algunos pelotones de reconocimiento a esa zona.
– ¡Será una misión peligrosa!.
– ¡Así es Teniente!, pero para esa misión tengo al hombre indicado, el contramaestre John McCloy- afirma Neville mientras regresa a la mesa de operaciones y toma un fuete para caballos.
– ¡Buena elección señor!, McCloy se distinguió en China.
– ¡Así es! – Neville azota la mesa con el fuete- ¡Mc Cloy llevará tres pelotones en los remolcadores de vapor, hacia la zona del muelle de sanidad, avanzaran hacia el Baluarte y harán un reconocimiento para ubicar el origen de los disparos de artillería!.
– ¡Si señor!
– Envíele una orden a Keaton al Consulado, que elija a los mejores hombres para eliminar a los francotiradores que han tomado las azoteas, las torres, las cúpulas, las ventanas, de nuestro perímetro.
– ¡Si señor!
Mientras esto ocurre en tierra en el puente de mando del acorazado Florida el movimiento del personal militar también es constante. El capitán Rush y el responsable de la operación, el vicealmirante Frank Fletcher observan con sus prismáticos los movimientos de los Infantes de Marina, mientras el jefe del Estado mayor, el Capitán Harry Huse analiza a detalle cada uno de los informes para trasmitirle los de mayor importancia al vicealmirante.
El viento del norte trae al puente de mando los sonidos de la batalla, que se combinan con los silbatos de órdenes y el ruido de las botas de los militares que corren de un lado a otro.
– ¿Parece que todo marcha según lo planeado comandante?
– Así parece Capitán Rush, sin embargo Neville me informa que están recibiendo fuego de artillería desde algún lugar entre esa reliquia de baluarte y el Colegio Naval.
– Debe ser artillería ligera- Rush enfoca sus prismáticos hacia la zona del
Baluarte en la parte sur de la ciudad- por eso no podemos localizarla.
– ¡Cañones de montaña!- exclama Fletcher- ¡Estoy seguro!, pero no logro visualizar de donde provienen.
– ¡Ordene señor!, ¿Movemos el Florida?
– ¡No Rush!- dice Fletcher sin dejar de escudriñar la zona de donde provienen el fuego de cañón- , no vamos a mover ninguno de los acorazados de su lugar, ya le envié instrucciones a Neville para que use algunos señuelos.
– ¿Señuelos?- pregunta intrigado Rush, mientras observa a Fletcher.
– ¡Sí!, algunos pelotones de marineros se dirigirán hacia esa zona para hacer un reconocimiento, cruzaran del muelle de la terminal al de la Sanidad en los remolcadores, cuando el enemigo los ataque habremos descubierto su posición.
– ¡Excelente plan señor!- dice Rush mientras vuelve a enfocar los prismáticos.
– No pienso avanzar más allá de los objetivos planeados por este día, afortunadamente el Almirante Badger ya se ha comunicado con nosotros y su flota estará en Veracruz mañana temprano, con los refuerzos podremos avanzar y tomar la ciudad.
Lo que me intriga son los movimientos del General Gustavo Mass,
¿Cuantos regimientos tendrá sobre las armas?.
– ¿Por la resistencia que hacen? Yo supongo que mínimo dos.
– ¡Señor!- el teniente Huse interrumpe aquella conversación entrando al puente de mando apresuradamente.
– ¿Qué pasa Huse?- pregunta intrigado el vicealmirante Fletcher.
– ¡Señor! Lo que se pensaba que eran regimientos de soldados federales, de acuerdo a este informe del Consulado, ¡no lo son! – informa nervioso
Huse- , son menos de doscientos soldados, los demás son voluntarios, gente del pueblo.
– ¿Qué dice?- Cuestiona Fletcher intrigado, dejando los prismáticos en la mesa de operaciones toma el papel que le enseña Huse y lo lee con premura.
– Al parecer el general Mass está retirándose, pero armó a la poblaciónexplica
Huse preocupado.
– ¿Ahora entiende lo que le dije sobre la historia de esta ciudad?- Fletcher encara a Huse, arrugando el papel con la información hasta hacerlo una pequeña bola, lanzándola sobre la mesa de operaciones- ¡En la guerra de
1847 el ejército de Scott tardó una semana en rendir esta misma ciudad!.
– ¡Así es!- interviene el capitán Rush- ¡Si ahora están armados serán más peligrosos!.
– ¡Huse!
– ¡Señor!- el Teniente choca sus tacones de las botas y nervioso hace un saludo militar.
– ¡Tome nota!, Quiero que trasmita este comunicado al Cónsul William
Canadá, para que personalmente se lo entregue al general Mass
– ¡Si señor!
– Excelencia general Mass: Muy señor mío, las fuerzas de los Estados
Unidos han tomado la aduana esta mañana, con el propósito de impedir que ciertas municiones de guerra fueran desembarcadas en Veracruz. El vapor Ipiranda está ahora anclado en el puerto, sobre el tenemos el mando y la municiones. Hasta el momento hemos utilizado nuestra armas de menor calibre como nuestro cañones de 3 pulgadas, por razones de humanidad, no queremos usar nuestros cañones de 12 pulgadas, con lo que terminaríamos con cualquier resistencia, así que le pido que cese el fuego sobre las tropas de los Estado Unidos. En pocas palabras – a ver si me entiende así- contestare el fuego de ustedes con mis cañones de grueso calibre, el almirante Badger está muy cerca de aquí, y llegará esta noche con más de diez mil hombres de refuerzo. Espero su contestación en una hora.
¿Quedo claro Huse?
– ¡Si señor!,
– Pues encárguese personalmente de llevar este mensaje al Cónsul
Canadá, que busquen a Mass en donde quiera que este y que nos dé respuesta de inmediato.
– ¡De inmediato señor! – Huse hace el saludo militar retirándose del puente de mando apresuradamente.
– ¿Señor?
– ¿Qué pasa capitán Rush?
– Parece que los cañones de montaña, están efectivamente escondidos entre el Baluarte y el Colegio Naval- dice Rush enfocando sus prismáticos sobre la zona del Baluarte de Santiago.
– Según los informes de inteligencia ese baluarte ya no es operativo y no soportaría dos andanadas de este acorazado.
– ¡Ní una señor!- Asegura Rush soltando una sonora carcajada sin dejar de observar con sus prismáticos.
– Pero, de acuerdo al mapa de la ciudad- dice Fletcher dejando los prismáticos sobre la mesa de operaciones a la que se acerca para revisar algunos documentos- en el perímetro comprendido entre el Colegio Naval y el baluarte, hay una escuela y un hospital civil.
– ¡Así es señor!- contesta Rush sin de dejar de observar con sus prismáticos.
– ¡Debemos tener cuidado!- Fletcher observa los mapas y dados sobre la mesa- tengo instrucciones de no caldear los ánimos con la población, de hecho, hay una instrucción precisa de Washington de no izar nuestra bandera en edificios públicos.
– ¿Señor?- Aquella noticia intriga al Capitán Rush, acostumbrado a las batallas por conquista.
– Ya sabe capitán – dice Fltecher mientras se acaricia sus bigotes con la mano izquierda y con la derecha se coloca sus anteojos para leer detenidamente un informe- los políticos y sus aventuras; nuestro gobierno no quiere una guerra con la población, sino solo sacar de la presidencia a
Huerta y que llegue alguien más sensible a nuestros políticos.
– ¡Bendita política!- exclama Rush volviendo a tomar los prismáticos.
– ¿Que le puedo decir Capitán?- Fletcher se inclina a observar algunos mapas sobre la mesa de operaciones- ¡Somos militares de carrera, y solo acatamos órdenes, que no se le olvide!.
– ¡Si señor! ¿Señor? ¡Tres vapores remolcadores están saliendo del muelle terminal!.
– ¡Bien! – Fletcher se acerca al observatorio del puente de mando y enfoca sus prismáticos- veamos quien está al mando.
– ¡Parece que es John MacCloy!- exclama el capitán Rush.
– ¿MacClok?- se cuestiona Fletcher tratando de enfocar el remolcador guía-
¡Sí, buen elemento, un hombre valiente!. ¡Capitán Rush!
– ¡Ordene señor!
– Envié un mensaje al capitán Herman Stickney del Praire, que prepare sus cañones de 3 pulgadas, para cubrir el desembarco de los hombres de
MacCloy, con suerte haremos que esas comadrejas asomen la cabeza y descubramos su nido.
– ¡Si señor de inmediato!
Pasando frente al acorazado “USS Florida”, tres remolcadores de vapor se acercan al muelle de la sanidad, ubicado en el conocido malecón del paseo.
Con 38 años de edad, el Contramaestre John MacCloy es ya un veterano de la marina, curtido en diversos campos de batalla.
MacCloy sabe que su misión es peligrosa, casi suicida, pues el terreno donde desembarcaran, llamado Malecón del Paseo, es un espacio descubierto, donde los edificios más cercanos para protegerse son el faro, un mercado en construcción y el Colegio Naval, pero entre el punto de desembarco y esos edificios hay más de 100 metros de distancia, por lo que a descubierto pueden ser presas de una emboscada.
MacCloy va al frente de uno de los vapores y cada pequeño bote lleva en la proa un cañón de una libra y una ametralladora.
A pesar del viento del norte que azota el puerto y dificulta el desembarco, los hombres de MacCloy logran alcanzar el muelle de Sanidad e inician su marcha hacia el baluarte de Santiago.
– ¡Quiero tres secciones de 50 hombres cada una¡- grita MacCloy a sus oficiales- ¡Los demás se quedaran en los vapores cubriendo la retaguardia con los cañones y las ametralladoras!. ¡Cabo Steven!
– ¿Señor?- El Cabo Steve es un joven marinero, de aspecto enfermizo por su constitución delgada y las cicatrices de la viruela que cunden su cara.
– ¡Mueva una sección hacia el Baluarte!- explica MaCloy mientras señala hacia aquella antigua fortaleza- ¡Serán la vanguardia!, ¡Que comiencen a moverse, nosotros cubriremos los flancos!
– ¡Si señor!
Los oficiales empiezan a sonar sus silbatos de órdenes y los marineros avanzan cautelosos rumbo al baluarte Santiago, no son infantes de marina sino marineros voluntarios, la mayoría de origen afroamericano, algunos chinos y otros filipinos.
Aquel avance de la tropa invasora es detectado por los cadetes del Colegio Naval, produciendo una gran excitación.
En el salón dormitorio a cargo del Teniente Juan de Dios Bonilla, los cadetes
Mario Rodríguez Malpica, Juan Sánchez Terán, Carlos Meléndez y Virgilio Uribe no pueden controlar su nerviosismo.
– ¡Teniente Bonilla, ya vienen los gringos!- avisa el cadete Rodríguez presa de los nervios.
– ¡Sí cadete Rodríguez! – grita Bonilla asomándose prudentemente por una de las ventanas cubiertas con colchones y escritorios- pero debemos esperar instrucciones, ¡guarden silencio!.
– ¡Caramba, vienen muchos negros!- dice asombrado el cadete Uribe- , ¿serán cubanos?
– ¡A ver!, me asomo- el comentario produce la curiosidad de Meléndez quien se acerca al lugar de Virgilio- ¡Pá su mecha, es cierto!. – ¡Teniente Bonilla, señor ya vienen más cerca, mírelos vienen bien confiados hasta parece que vienen de paseo!- dice molesto Juan Sánchez.
– ¡Silencio Cadetes! – insiste el teniente Bonilla- ¡silencio!, hay que esperar ordenes, recuerden lo que dijo el Comodoro, que solamente podíamos abrir fuego en caso necesario.
– Pues yo ya tengo bien centrado en con mi mira a uno de esos- dice orgulloso el cadete Rodríguez Malpica.
– ¡Uf! Ya la cosa se está poniendo fea – dice nervioso Virgilio Uribe- , ya van llegando al nuevo mercado, si los dejamos acercarse más, se van atrincherar ahí y pá sacarlos va a estar en Chino.
– ¡En gringo!- exclama Rodríguez mientras ríe.
– ¡Silencio jóvenes, esto no es broma!- les pide Bonilla hecho una bola de nervios.
– ¡Señor tiene razón Uribe!, ¡Si se atrincheran en las instalaciones del mercado nos jodemos!- dice Juan Sánchez alarmado- hay que aprovechar que vienen a descubierto.
– ¿Señor?- pregunta Uribe mirando fijamente a su Teniente.
El teniente Bonilla trata de no demostrar su nerviosismo, sus manos tiemblan y el sudor llena su frente, tiene que tomar una decisión y los cadetes le insisten, con razonamientos que el también acepta.
Sin embargo Bonilla es oficinista y jamás ha estado en batalla, por lo que no sabe qué hacer exactamente.
– ¡Señor, ya están llegando!- insiste Virgilio Uribe.
– ¿Señor?- pregunta Juan Sánchez mientras apunta su arma hacia el exterior.
¡El Teniente Bonilla, sigilosamente se asoma a la ventana y es tal la indignación que le embarga el ultraje que está presenciando, que una fuerza extraña impulsa a gritarle a los cadetes!
– ¡Fuego a discreción cadetes!
La orden es acatada de inmediato, los jóvenes cadetes cubiertos únicamente por colchones y otros muebles de sus dormitorios rompen el fuego contra la confiada avanzada de MacCloy.
El fuego de los máuser rompe el silencio que privaba en el interior del Colegio, tomando por sorpresa a los hombres de MacCloy que retroceden en desorden, lanzando gritos de sorpresa “¡Pull back!”, “¡Hurry!”.
La acción de los cadetes a cargo de Bonilla toma por sorpresa al Comodoro
Azueta. Al escuchar las detonaciones acompañado del Capitán Rafael Carrión, el teniente Ángel Corzo y el Capitán Aurelio Aguilar, se dirigen a uno de los dormitorios para observar los hechos desde la ventana.
– ¿Quién dio la orden?- pregunta molesto el Comodoro.
– ¡Lo desconozco Comodoro!- responde nervioso Carrión mientras con sus prismáticos trata de observar lo que está sucediendo.
– ¡Pues ya ni lamentarse!- dice el Comodoro un poco más sereno, al comprender que ya la suerte está echada- ¡Capitán Carrión envié un mensaje a la artillería para que nos apoyen, que dirijan el fuego sobre los vapores de desembarco, que ajusten bien los blancos!.
– ¡Si señor!- Responde Carrión saliendo del dormitorio.
– ¡Aguilar!
– ¡Señor!
– ¿Seguimos sin noticias del general Mass?- pregunta Azueta preocupado.
– ¡Sin noticias Comodoro!- responde Aguilar preocupado.
– ¡En ese caso!, ¡Sigamos defendiendo nuestro Colegio!.
Frente al Colegio Naval, en la zona conocida como la sabana, MacCloy y sus hombres en apresurada desbandada tratan de alcanzar los botes de vapor buscando refugio. No hay donde cubrirse y el fuego de fusilería es intenso.
– ¡Disparen sobre el edificio del colegio!- grita MacCloy a los operadores de los vapores- ¡Fuego con los cañones! ¡Qué las ametralladores cubran a los hombres!.
Los hombres de MacCloy retroceden desordenadamente para no perder la vida, los sonidos de los silbatos de órdenes se confunden con el zumbido de las balas y los gritos de algunos hombres que claman por su vida.
Las ráfagas de las ametralladoras y los pequeños cañones de los remolcadores obligan a los defensores del Colegio a cubrirse, dándoles tiempo a los invasores para cubrirse en las bodegas del muelle de la sanidad.
Los disparos de los cañones y ametralladores impactan en los dormitorios de los
Cadetes, lanzando vidrios y pedazos de pared como astillas que provocan lesiones menores a algunos defensores. En el dormitorio a cargo del Teniente
Juan de Dios Bonilla, los cadetes Mario Rodríguez Malpica, Juan Sánchez Terán,
Carlos Meléndez y Virgilio Uribe son presas del pánico al recibir la andanada de proyectiles.
– ¡Cúbranse muchachos, cúbranse!- grita el teniente Bonilla pecho a tierra.
– ¡Asú madre!- expresa Mario Rodríguez Malpica mientras de tapa la cabeza ante las esquilar y pedazos de vidrio que le caen encima.
– ¡Ay mamacita!- grita Uribe en igual circunstancia.
– ¡Cúbranse, cúbranse bien!- les grita el teniente Bonilla arrastrándose por el piso.
– ¡Virgilio!, Virgilio no te vayas a ….
La advertencia de Carlos Meléndez llega muy tarde, el cadete Virgilio al incorporarse para cargar su arma, comete el error de asomarse a la ventana. En ese momento cae fulminado por una bala que le atraviesa el hombro y se le incrusta en la cabeza.
– ¡Virgilio, Virgilio!- grita Meléndez sosteniéndolo en sus brazos.
– ¿Qué pasa Cadete Uribe?- El teniente Bonilla se arrastra hacia el cadete caído, pero ya no le contesta.
– ¡Lo hirieron esos malditos!- grita lleno de rabia Mario Rodríguez Malpica.
Arrastrándose por el piso, cubierto de escombros y vidrios rotos, el teniente Juan de Dios Bonilla, logra llegar a donde esta Virgilio Uribe.
– ¡Dios mío! ¡Le abrieron la cabeza!- exclama impactado Bonilla.
– ¿Está vivo?- pregunta desde una esquina del dormitorio Juan Sánchez.
– Todavía respira- asegura Meléndez- ¡Carajo Virgilio!, ¡Aguanta que ya viene tu cumpleaños!, ¡Virgilio!…
– ¡Vamos a llevarlo a la enfermería!- grita Bonilla- ¡Malpica y Sánchez, ustedes quédense aquí!, sólo disparen de ser necesario, ¡Cúbranse por favor!, ¡Vamos a llevar a Virgilio, ayúdame Cadete Meléndez!
– ¡Si señor!. Responde sollozando Meléndez.
En el Muelle de la Sanidad, las cosas no pintan mejor para John MacCloy, le reportan una decena de muertos y heridos, incluido él mismo, con un rozón de bala en el brazo.
– ¿Steve?
– ¡Señor!
– ¡Que los hombres de embarquen de nuevo! ¡Ayuden a los heridos!, ¡Ya cumplimos con la misión!, envié el informe con la posición de los cañones al
Comandante Fletcher.
– ¡Si señor!- responde Steve, agachándose para no ser víctima de la lluvia de balas y fuego de artillería que están recibiendo.
Ignorando que su ubicación ha sido descubierta la pequeña artillería al sur de la ciudad modifica su fuego, dirigiéndolo sobre el Muelle de la Sanidad.
– ¡Señor uno de los vapores ha sido dañado!- reporta alarmado Steve.
– ¡Pues que lo remolque otro de los vapores- le responde MacCloy mientrasse hace una venda con parte de su camisa- vámonos de aquí!
Desde uno de los dormitorios el Comodoro Manuel Azueta observa la retirada del enemigo.
– ¡Se están reembarcando!- exclama el comodoro Azueta.
– ¡Bien, los hemos derrotado!- grita Jubiloso el Capitán Carrión.
La noticia cunde por todo el Colegio, los cadetes expresan su emoción con gritos de júbilo: ¡”Viva México!”, “¡Viva Veracruz!”…
– ¡Capitán Carrión!- Azueta se dirige al Director sin dejar de observar con sus prismáticos la zona del muelle.
– ¡Señor!
– Suspendan el fuego, esto no me da buena corazonada- dice de manera lúgubre el Comodoro.
– ¡Señor los hemos derrotado!- contesta Carrión sin dejar de contener su emoción por la aparente victoria.
– ¡No capitán!- insiste el Comodoro mientras reflexiona en voz alta- ¡Se han retirado!, pero me queda claro no eran Infantes de marina profesionales, sólo eran pelotones de reconocimiento, ¡marinos voluntarios!, bien lo sé, porque observe que la mayoría de sus elementos eran negros y chinos,
¡Seguro nos tendieron una trampa!, ¡Ahora ya conocen nuestras posiciones y la de la artillería!.
El Teniente Corzo, Subdirector del plantel se acerca a darle una noticia al Capitán
Carrión que le quita la sonrisa de su rostro.
– Que pasa Capitán Carrión?- pregunta preocupado el Comodoro.
– ¡Señor, uno de los cadetes ha sido herido!
– ¿Es grave?
– ¡Al parecer sí señor!, ¡Muy grave!, es el cadete Virgilio Uribe Robles.
– ¡Dios mío! – Azueta se lleva las manos a la cabeza- ¡Que lo trasladen a la enfermería! ¡Hay que pensar como lo llevamos al Hospital Militar!
– ¡Sí señor!- se cuadra Corzo.
– Prevenga a los Cadetes, que se alejen de las ventanas,- ordena alarmado el Comodoro- ¡Que informen al comandante de la batería, que han sido descubiertos!.
– ¡Señor- interrumpe alarmado el Capitán Aguilar- ¡Mire hay movimiento en aquel buque americano!
El capitán Aguilar sostiene sus prismáticos con dificultad, las manos le tiemblan.
– ¡Comodoro es en la cubierta del Praire! – grita Carrión- están cargando sus cañones de 3 pulgadas! ¡Señor!
– ¿Qué dice?- Azueta enfoca sus prismáticos rumbo a la bahía- ¡Déjeme ver!
– ¡Dios mío!- exclama presa del pánico Aguilar.
– ¡Que los cadetes y el personal se retiren de las ventanas!- grita Alarmando el Comodoro Azueta.
El toque de zafarrancho de los silbatos de órdenes cunde por el Puente de mando del buque Praire, su Capitán Herman O. Stinckey, recibe la información que estaba esperando. Los marineros del Praire toman sus posiciones en los cañones de 3 pulgadas, modelo Mark.
Los cañones se ajustan, reciben su carga y se fijan los objetivos, el Colegio Naval y de la zona trasera, cerca del Baluarte Santiago.
El capitán Herman Stickey, da la señal y se desata el infierno…
¡Fire!

 

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