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Impresiones al vuelo: La Soñadora

Forja su mundo a solas y sueña. Para soñar se adentra en su jardín, trabaja con sus propias manos la tierra; febrilmente, en todo rato libre de la carga del hogar, de los hijos, corre a su jardín y se entrega a él intensamente.

Publicado 09 julio 2017 el 09 de Julio de 2017

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Por: Úrsula Ramos

Esta soñadora es distinta a otras. Esta soñadora es muy activa; pero rehúye al mundo, a la sociedad que la ha herido tanto.

Forja su mundo a solas y sueña. Para soñar se adentra en su jardín, trabaja con sus propias manos la tierra; febrilmente, en todo rato libre de la carga del hogar, de los hijos, corre a su jardín y se entrega a él intensamente.

Ama profundamente las flores, su belleza, su colorido. Sabe que las flores no le harán daño alguno. Por ésto, las cuida con tanto y tanto cariño; por eso cuida de no herirlas; cuida de sus retoños como si fueran propios.

Las plantas que necesitan sol, al sol. Las que requieren sombra, en medio del trabajo que la agobia, les procura refrescante sombra. Las que ya no caben en una “latita”, a otra mayor o a una maceta. De éstas tiene colección: de barro al natural; pintadas por ella misma, de rojo; de trocitos de espejo; de pedacería de loza y de todas ellas, en distintas formas, en tantas y cuantas la imaginería artesanal ha creado.

Ella misma planta sus rosales y los transplanta. Colecciona “latas” diversas propias para sus rosales. Cuando ya no le gustan presas, “enlatadas”, las pasa a un arriate especial ideado por ella, porque joven, todo lo hace ella misma.

Su cariño está repartido entre sus hijos, lo primero, su marido y sus flores.
… Y conversa con ellas. Les cuenta sus pesares, sus alegrías; olvida allí, refugiada en su jardín, los dolores que le produjo la orfandad; olvida allí la ingratitud del mundo; olvida allí, todo excepto las, para ella, sacratísimas obligaciones para con su familia.

Como flor que se va marchitando al paso de los años, nuestra soñadora ha envejecido ya.
Sus pasos son un tanto torpes, pero aún la llevan al jardín. Sus manos, sus brazos, todavía fuertes, hurgan la tierra, cortan aquí, plantan allá.

Hace remozar sus macetas porque ella, ella ya no puede hacerlo, pero en cambio, puede ahora, ya bisabuela, dedicar mucho tiempo a su jardín, a sus flores bienamadas. Ahora las ama más que nunca, porque ahora la acompañan en sus recuerdos, en la evocación del compañero ausente para siempre y porque ahora, en el ocaso de su vida, le brindan, con mayor fervor, su aroma, su belleza y su color.

 

 

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