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“Lagrimas de la Giganta”

El nombre de José Luis Cuevas surgió a mediados de la década de 1950 como un artista independiente que se negó a subordinar su arte a los estándares y expectativas impuestas en aquella época por los cánones de la élite plástica. 

Publicado 05 julio 2017 el 05 de Julio de 2017

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El Oráculo de Delfos

Por: Mtro. Luis Fernando Ruz Barros

 El artista crea sus propios mitos, y el más importante de éstos es el mito de sí mismo

José Luis Cuevas

 

El nombre de José Luis Cuevas surgió a mediados de la década de 1950 como un artista independiente que se negó a subordinar su arte a los estándares y expectativas impuestas en aquella época por los cánones de la élite plástica. Hace unos años el nacido en la Ciudad de México en 1931 celebró 80 años de trayectoria ininterrumpida con una exhibición denominada “Cuevas por siempre” que se presentó en las inmediaciones e interiores del Museo que lleva su nombre y que en cuyo patio central reside paciente un centinela de bronce al que con su potencial destreza dio forma y hasta vida al nombrarla “La Giganta” misma que hoy llora la partida de su creador. Por muchos repudiada por otros amada, esta escultura está hecha de bronce, de 8 metros de alto y con 8 toneladas de peso, a pesar de no ser, a vista simple sin espíritu crítico, una obra bella aún cumple con lo estético. Sin embargo, ya en la contemplación de la obra de Cuevas y con ánimos de darle ronda, el espectador puede ver que la parte del frente es enteramente femenina en donde no se muestra delicadeza alguna sino, quizá altivez y fuerza. Uno de los pies posee el peso del cuerpo mientras que el otro se adelanta ligeramente flexionando la rodilla, lo que hace que la cadera salga un poco de lado. Esa cadera, sin ánimo de ser fina,  se acentúa por el despreocupado caer de los brazos. Su lenguaje corporal indica relajación y estar a la espera de algo, como esperando más bien a alguien, teniendo el rostro con la mira un poco hacia arriba y al frente con un aire presuntuoso. El cabello que también parece ser muy brusco y exagerado, por la forma en que está recogido en mechones grandes y gruesos, recuerda a las valquirias de la mitología escandinava o, si acaso, a alguna de las más antiguas musas de la mitología griega por lo que parece bello y femenino pues esta escultura tendría que ser una mujer con cabello abundante, largo y grueso para lucir semejante peinado. La desproporción más evidente se halla en el torso. ¿Será pelo en pecho como se llegado a oír?, ¿o quizá un corazón grande para amar?, ¿o uno dividido entre amores?, ¿o tan sólo un seno desmedido emulando a las antiquísimas Diosas Madre? El hecho es que no nos permite ver su rostro como seguramente les ocurrirá a los bebés que amamantan cuando se alimentan de sus madres. Esto es un recuerdo de aquello que está tan cerca pero a vez tan lejos. Vista de perfil, por ambos lados, comienza a verse la convivencia de lo femenino y lo masculino en la escultura. Un brazo algo más musculoso mientras que el otro aunque igual de grueso es más fino, más terso. Finalmente, la vista posterior permite al espectador vislumbrar los elementos más masculinos de “La Giganta”. El cuello grueso acompañado de una espalda fuerte y musculosa en donde se desvanece la delgada y vaporosa prenda de vestir que porta. La cadera pronunciada hacia un lado debido a la forma oronda en que se para sobre esos pies que recuerdan a los pies de las más bellas indígenas de nuestro país. Como es evidente esta obra aunque monstruosa guarda en sí sensualidad, es un acto erótico en el modo en que se yergue, retadora, ante el espectador. Desde la década de los 90’s esta escultura acompaña las visitas de los inquietos curiosos a conocer la obra del genial artista, que mediante su trabajo que lo colocó como el líder de la llamada “Generación de la Ruptura” logra con una línea ­de gran ferocidad gestual­ desnudar las almas de sus personajes retratando la magnificencia de la condición humana en el mundo.

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