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¿Cómo un Dios Todopoderoso necesita de nosotros?

Al ser Todopoderoso, Dios todo lo puede, todo lo sabe y está en todo lugar. Así llegamos a discurrir sobre el poder de Dios, su inmensidad y trascendencia.

Publicado 26 junio 2017 el 26 de Junio de 2017

por

José Juan Sánchez Jácome
José Juan Sánchez Jácome

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

La pregunta se siente del todo lógica, claro lógica desde la visión predominante que se tiene de Dios como omnipotente. ¿Cómo un Dios Todopoderoso necesita a los seres humanos? ¿Cómo un Dios que todo lo puede llama a los hombres para colaborar en su obra de redención?

Al ser Todopoderoso, Dios todo lo puede, todo lo sabe y está en todo lugar. Así llegamos a discurrir sobre el poder de Dios, su inmensidad y trascendencia. Pero conociendo y descubriendo a Dios en las Sagradas Escrituras constatamos que ese Dios Todopoderoso hace un llamado a los hombres, se acerca respetuosamente para invitar a los hombres a una misión específica.

Esta constatación puede provocar una pregunta en estos términos: ¿Qué Dios es éste que solicita a los hombres su ayuda? Se puede tratar de una pregunta consecuente en base al concepto que tenemos de Dios. Sin embargo, a partir de la revelación bíblica descubrimos en este acercamiento del Todopoderoso una característica todavía más reveladora de la naturaleza de Dios.

Dios necesita de los hombres, Dios llega a la vida de las personas para invitarlas a colaborar en la construcción del reino, pero siempre nos deja en completa libertad para responder a su llamado.

Por supuesto que Dios podría proceder de otra manera; Él podría actuar de tal manera que en un dos por tres se resolvieran los problemas de la humanidad y todo volviera al orden y la armonía. Él podría intervenir de tal manera que inmediatamente cayéramos de rodillas, nos convirtiéramos y comenzáramos una vida diferente. Dios lo podría hacer… pero no lo va hacer ya que respeta siempre nuestra libertad y quiere ser amado y reconocido libremente.

Dios jamás procede con amenazas y castigos para coaccionarnos de modo que no tengamos otra opción que reconocerlo y adorarlo. Se acerca siempre humildemente para proponernos -no imponernos- una misión en la que el hombre queda en completa libertad para responder a este llamado.

Cuando nos rebelamos por las situaciones que pasan en el mundo, cuando nos preguntamos incluso de buena fe por qué Dios no actúa ante tantas injusticias y ante tanta maldad; cuando nos hacemos preguntas como estas habría que considerar precisamente que Dios respeta la libertad.

Cada vez que nos hacemos estas preguntas convendría pensar en la propia situación personal: por qué yo no cambio, por qué no mejoro en la vida, por qué no produzco de acuerdo a lo que se me ha concedido, por qué no logro ser mejor a pesar de tanto que he recibido, de contar con una familia y una comunidad, de ser asistido con la gracia de los sacramentos y de ser testigo de las maravillas de Dios.

Cuando preguntamos por qué Dios no interviene en el mundo tendríamos que pensar en la propia situación personal. Porque respeta incondicionalmente la libertad, como respeta también mi propia libertad.

Pero Dios si actúa, no se da por vencido y de muchas maneras nos sigue llamando. Cada vez que sentimos la necesidad de ser mejores, cuando tenemos ganas de cambiar muchas cosas, cuando nos sentimos indignados por lo que pasa, cuando no somos indiferentes ante el sufrimiento, cuando se enciende la ilusión de hacer algo por los demás, cuando hay cosas que nos inquietan incluso al punto del insomnio. En estas y en otras muchas experiencias tenemos que reconocer la voz de Dios que nos llama, que nos invita a comprometernos en el mundo.

El problema es que muchas veces ventilamos nuestras inquietudes o compartimos nuestra indignación y nuestros buenos deseos sólo como una conversación o tertulia de café, sin comprometernos como es debido.

Por otra parte, nos suele suceder, como a los hombres de la Biblia, que nos dé miedo el compromiso o no nos sintamos calificados para una misión. Muchas veces no nos sentimos con el potencial para realizar la misión que se nos encarga, pensamos que no tenemos la capacidad, o como se dice actualmente, consideramos que no tenemos el perfil para responder adecuadamente.

Ahí donde nos sentimos rebasados reconocemos cómo Dios asiste con su gracia cuando encarga una misión. Dios es el que llama y da las herramientas para poder cumplir, por lo que estamos llamados a confiar en el poder de la gracia.

Podemos pensar que el Todopoderoso va lento en la historia de la humanidad y hasta en nuestra situación particular. Pero Dios se digna llamarnos a colaborar con Él dejándonos en completa libertad. El cristianismo se vive desde esta respuesta libre y desde la confianza en la gracia que Dios nos concederá cuando realizamos la misión.

El P. Jorge Löring lo comentaba así rescatando una sentencia de los padres espirituales: “Dios pone casi todo y tú pones tu casi nada, pero Dios no pone su casi todo si tú no pones tu casi nada”.

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