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No es bueno que Dios esté solo

La filosofía me ayudó a precisar el alcance de mis preguntas y a plantearlas de manera más lógica. Surgieron en ese ámbito respuestas y reflexiones de gran envergadura.

Publicado 12 junio 2017 el 12 de Junio de 2017

por

José Juan Sánchez Jácome
José Juan Sánchez Jácome

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Al principio me inquietó más la idea de Dios como Creador que como Padre. Como la mayor parte de las personas, yo también comencé a creer en Dios desde su identidad como Creador del mundo. Dentro de mis inquietudes infantiles y mi espíritu de búsqueda me hice las preguntas que quizá todos nos hacemos: ¿Quién es Dios? ¿De dónde viene? ¿Quién creó a Dios?

La filosofía me ayudó a precisar el alcance de mis preguntas y a plantearlas de manera más lógica. Surgieron en ese ámbito respuestas y reflexiones de gran envergadura.

Pero fue la vivencia de la fe cristiana la que me ofreció una visión más completa sobre la pregunta acerca de Dios. No logré responder todas las preguntas pero sí la pregunta más importante que generaba no mi cabeza sino mi corazón. Es como si más que una evidencia buscara yo una experiencia, como si la pregunta no fuera completamente mía sino puesta por Dios como una forma de iniciar un camino diferente para conocerlo.

De esta forma caí en la cuenta que Dios permite esas preguntas para comenzar a construir una relación con Él, porque no es una imposición creer en Dios sino un descubrimiento, es más se trata de una aventura apasionante que no sacia simplemente una inquietud intelectual sino que te cambia la vida.

Con el paso del tiempo hubo pruebas filosóficas, explicaciones cultas e inteligentes, razonamientos verdaderamente notables para explicar la existencia de Dios, pero la principal respuesta -que no sació simplemente una inquietud intelectual, sino una necesidad del corazón- no fue una teoría sino una presencia.

Con estas preguntas y otras experiencias comprendí que fue Dios quien tomó la iniciativa, por lo que siguiendo a Jesucristo y a través del Espíritu Santo pude exclamar “Padre”. Superé prácticamente mis expectativas pues llegué a reconocerlo no sólo como Creador sino a experimentarlo como Padre.

A partir de esta experiencia y de la vida de tantas personas que han asumido la pasión y el riesgo de la fe, considero que la pregunta sobre Dios no siempre goza de la mejor aproximación metodológica.

Se quiere conocer a Dios únicamente con el mismo procedimiento como se investigan las cosas de este mundo; es decir se le toma a Dios como un objeto, se le quiere aprisionar, medir y pesar, como si se tratara de un objeto que es posible someter y manipular en el laboratorio.

Con esta metodología nunca llegaremos a una conclusión sólida; con un procedimiento de esta naturaleza Dios se escapa y quedamos más atrapados en una conclusión arrogante: Dios no existe. Pero se trata de un punto de llegada que no tuvo un lógico punto de partida.

Frente a la pregunta sobre Dios no podemos desvincularnos. Metodológicamente estamos llamados a hacer una experiencia de encuentro, no una investigación de un objeto o una realidad que pretendemos conocer y describir. Vinculación, pues ésta nos expone a una amistad, a una relación, que es la condición metodológica para que Dios se vaya asomando en nuestra vida.

Muchos siguen en su ateísmo y en su indiferencia por este error metodológico, quieren descubrir a Dios, quieren tomarlo por asalto, pretenden someter a la divinidad por un camino equivocado. Y Dios se muestra al que se vincula, al que se aproxima con humildad, al que se acerca esperando una señal, una luz, una respuesta, y no al que supone ser muy inteligente para desenmascarar a la divinidad.

No es bueno que Dios esté solo. La naturaleza de Dios es comunicarse, Dios no sabe hacer otra cosa que amar a sus criaturas, darse a sus hijos, llegar a construir una relación con nosotros en la que lo descubramos como Padre. No es bueno que Dios esté solo, nos sigue esperando para revelarnos su verdadera identidad.

Con la belleza de las palabras y de la fe José María Pemán lo expresa así: «Yo sé que estás conmigo, porque todas las cosas se me han vuelto claridad: Porque tengo la sed y el agua juntas en el jardín de mi sereno afán. Yo sé que estás conmigo, porque he visto en las cosas tu sombra, que es la paz y se me han aclarado las razones de los hechos humildes y el andar por el camino blanco se me ha hecho un ejercicio de felicidad. No he sido arrebatado sobre nubes, ni he sentido tu voz, ni me he salido del prado verde por donde suelo andar… Otra vez, como ayer, te he conocido, por la manera de partir el Pan».

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