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Abrir el alma a la sorpresa, a la novedad, a los dones de Dios

Los experimentamos como cosas que van y vienen pero sin reparar en su carácter de don y misterio; los recibimos y los disfrutamos sin agradecer que han llegado gratuitamente a nuestra vida y sobre todo sin dejar que estos dones aniden en nuestro corazón y comiencen a generar un nuevo estilo de vida.

Publicado 05 junio 2017 el 05 de Junio de 2017

por

José Juan Sánchez Jácome
José Juan Sánchez Jácome

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Los hemos considerado como situaciones normales o experiencias que forman parte de la vida; no hemos profundizado de dónde vienen o por qué se experimentan en momentos determinados; los experimentamos como cosas que van y vienen pero sin reparar en su carácter de don y misterio; los recibimos y los disfrutamos sin agradecer que han llegado gratuitamente a nuestra vida y sobre todo sin dejar que estos dones aniden en nuestro corazón y comiencen a generar un nuevo estilo de vida.

Eso nos ha pasado con los dones del Espíritu Santo, con los regalos que ofrece a los hombres; vienen del cielo, inundan nuestra vida, nos asisten a cada momento pero no agradecemos por haberlos recibido ni los ponemos como cimientos de una nueva vida.

Muchos de esos dones se marginan o se quedan en el olvido cuando nuestro estilo de vida rechaza la acción del Espíritu Santo.

Pero basta tomar conciencia del carácter de novedad, de sorpresa, de alegría inexplicable que tantas veces hemos experimentado para caer en la cuenta que no se trata de cosas normales, de situaciones ordinarias que forman parte de la vida sino de la irrupción sutil y humilde del Espíritu Santo.

Cuando sentimos inexplicablemente una presencia que nos consuela; cuando experimentamos de repente la alegría; cuando caemos en la cuenta de algo que no entendíamos; cuando finalmente damos el paso al perdón, después de tanto tiempo cerrados al amor; cuando dan ganas de comenzar de nuevo; cuando se siente el deseo de cambiar de vida; cuando nos duele el pecado que cometemos; cuando nos sentimos insatisfechos; cuando deseamos profundamente una vida diferente a la que llevamos; cuando se nos abre la inteligencia a situaciones que no entendíamos; cuando somos impulsados a una vida diferente, a pesar de los caminos torcidos que hemos recorrido.

El Espíritu Santo siempre anda aleteando entre nosotros y constantemente nos asiste con sus sagrados dones. Este mundo es el mundo del Espíritu porque a pesar de todo lo que pasa nos mantiene en la vida, nos sostiene en la esperanza, nos impulsa al amor, nos saca de nuestro encierro, nos fortalece en la adversidad, nos anima en la desgracia, nos compromete en la adversidad, nos ilumina en la oscuridad.

El Espíritu siempre está actuando aunque  no le concedamos el crédito, ya que pensamos que se trata de nuestro gran corazón o de nuestras propias capacidades las que generan los resultados que alcanzamos en la vida. El Espíritu Santo se está derramando constantemente pero con nuestra forma de vivir bloqueamos muchas veces su acción y opacamos la presencia del dulce huésped del alma, pues el Espíritu Santo ha hecho su morada entre nosotros.

Karl Rahner, el gran teólogo alemán, con la profundidad de su pensamiento, nos ofrece algunas pistas para reconocer su presencia misteriosa pero real.

«Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con perseverancia hasta el final, con una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar… Cuando uno corre el riesgo de orar en medio de las tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar… Cuando uno acepta y lleva libremente una responsabilidad sin tener claras perspectivas de éxito y de utilidad…

Cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil… Cuando se da una esperanza total que prevalece sobre las demás esperanzas particulares y abarca con su suavidad y silenciosa promesa todos los crecimientos y todas las caídas… Entonces el Espíritu de Dios está trabajando. Allí está Dios.

Allí es Pentecostés».

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