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Veracruz ( Capítulo VII)

Son alrededor de 200 personas. Voluntarios, delincuentes y reos políticos que han sido liberados para apoyar a la tropa.

Publicado 11 junio 2017 el 11 de Junio de 2017

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CAPITULO VII

El sonido de la batalla que se libra en el centro de la ciudad, se va acrecentando para los hombres al mando del teniente Manuel Contreras, quienes marchan ordenadamente por la calle Principal rumbo la Iglesia parroquial.

Son alrededor de 200 personas. Voluntarios, delincuentes y reos políticos que han sido liberados para apoyar a la tropa.

En el camino, también se van incorporando ciudadanos indignados como el carpintero Andrés Montes Cruz y el empresario español Alejandro Sánchez “El Pelón”.

El nerviosismo se nota en los rostros de aquellos valientes hombres, pues son pocos los que poseen conocimientos sobre del uso de las armas.

En la calle de Francisco Canal el grupo se fracciona por órdenes del teniente
Manuel Contreras.

– ¡Necesito unos 50 voluntarios, que se queden la retaguardia, hay que proteger la artillería en caso de un desembarque por la zona del muelle de sanidad!.
– ¡Señor yo me puedo hacer cargo, del grupo!- se ofrece don Panchito
García.
– ¡Gracias Panchito! ¡Lleve a los voluntarios y distribúyalos estratégicamente, para proteger la artillería!.
– ¡Si señor!- responde don Panchito haciendo el saludo militar- ¡A ver necesito voluntarios!
Rápidamente se reúnen algunos voluntarios para apoyar la nueva misión, entre ellos se encuentran “Cuatro dedos”, Julián Martínez y un grupo de presidiarios conocidos como rayados.
– ¡Bien andando!- exclama don Panchito emprendiendo la marcha.
Mientras el grupo de voluntarios de don Panchito se dirige hacia el sur, el grueso de la fuerza del teniente Manuel Contreras continúa su marcha hacia los portales de la iglesia parroquial. El sonido del combate se va intensificando.
– ¡Calma Pascuala, calma! – le dice nervioso Atilano a su burrita- ¡Calma chiquita, calma!.
La burrita de Atilano se torna intranquila ante el aumento del ruido que producen los enfrentamientos.
– ¿Ya se le está echando pá atrás la burra?- le comenta irónico Pepe
Tiburcio.
– ¡Que va hijo!, ¡Mi burra es bien entrona! ¡Me late que el que se está echando pá atrás es otra mula!.
– ¿Que paso don Atilano?, ¿Que paso?…
El comentario hace reír a la mayoría de los hombres del grupo.
Conforme las descargas se van haciendo más fuertes el joven Belarmino nervioso se acerca a su patrón.
– Oiga patrón, ¿ó son mis nervios ó esos disparos suenan diferentes? No me suenan como nuestros fusiles.
– ¡Deben ser balas expansivas rapaz! Cof, cof.
– ¿Balas expansivas? ¿y esas como son? – pregunta preocupado.
– Pues se parecen a las que traemos, cof, cof, pero estas cuando te entran te revientan por dentro, y te hacen un hoyo del tamaño de una tortilla,
¡Jodé!- responde Cinforiano mientras con ambas manos hace una seña en forma de circulo.
– ¡Glup!- el joven español traga un grueso de saliva- ¿Oiga patrón? ¿y eso está permitido?
– ¡Claro que no muchacho!-exclama molesto Cinforiano-¡Está prohibido su uso por las naciones más civilizadas!, cof, cof.
– Y si está prohibido su uso, ¿Porque las están utilizando los americanos?- pregunta indignado el joven Jorge de Villa.
– ¡Porque se les pega la gana!, cof, cof, ¡Esas balas las inventaron los ingleses para combatir a las tribus africanas!.
– ¡Pero nosotros no somos africanos! – exclama el joven de Villa mirando despectivamente a Belarmino.
– ¡Vosotros entendéis muy poco de la vida!, ¡Jolines! Cof, cof, ¡Cuando salgamos de esta, si salimos, les explicare como nos fue en Cuba!.
– ¿Si salimos de esta?- pregunta alarmado Belarmino- ¡Oiga patrón usted nunca me contó de eso de las balas expansivas!.
– Ni yo conocía de eso, vaya que si es difícil esto de la guerra- exclama preocupado el joven de Villa.
– ¡Claro que es difícil!, esto no es una novela rapaz, cof, cof, pero guardad silencio que nuestro comandante no está haciendo señales.
Al llegar a los portales que se encuentran frente a la iglesia parroquial, el teniente
Manuel Contreras hace señales a los voluntarios para que se cubran mientras va
a conferenciar con el teniente Albino Rodríguez Cerrillo a los bajos del edificio de
Cabildo.
El Teniente Contreras encuentra a su compañero Albino Rodríguez pecho a tierra cerca de los portales de Lerdo, sosteniendo un nutrido fuego de fusilería sobre los invasores que quieren tomar el edificio de la Aduana.
– ¡Teniente Contreras!, ¡Qué bueno que llega!- exclama alegre Albino al percatarse de la llegada de Contreras- ¿Dónde están los soldados de refuerzo del 18° Regimiento?
– ¡Teniente!, ¡El Regimiento sigue en los cuarteles!. Las instrucciones que recibí del general Gustavo Mass fueron las de apoyarlo a usted con este grupo que viene conmigo.
– ¡Por Dios!- Exclama decepcionado Albino- ¿La Sociedad de Voluntarios y estos Rayados?, ¡Yo pedí soldados del Regimiento, soldados de línea!.
– ¡Teniente me ofende!- contesta molesto Contreras- este grupo en su mayoría ha sido entrenado por un servidor.
– Disculpe Teniente, pero usted entenderá- se disculpa Albino mientras vuelve a cargar su fusil tipo máuser- estoy esperando lo refuerzos del 18°
Regimiento.
A los sonidos de balas de rifles y ametralladoras se unen explosiones que hacen saltar algunos vidrios de las ventanas cercanas.
– ¿Y ese cañonazo?- pregunta el Teniente Contreras mientras se cubre de los escombros.
– ¡Debe ser nuestra artillería!- exclama emocionado Albino mientras corta cartucho- ¡El plan está funcionando!, ahora hay que presionarlos por la zona de la aduana.
¡Teniente Contreras!- exclama Albino mientras dispara a los invasores que quieren tomar la aduana- ¡Fraccione sus voluntarios en dos secciones!, una colóquela en la calle de Zamora y Zaragoza, otra déjela de reserva en los portales de la Parroquia, mi destacamento se moverá a los portales del
Hotel Diligencias.
– ¡Si señor!
– Fraccione parte de la reserva en pelotones de 5 individuos, para que en su momento brinden apoyo a las secciones que ya tenemos haciendo fuego al enemigo.
El teniente Jorge Alació Pérez es mi segundo al mando, usted puede también coordinarse con él.
– ¡Bien teniente!.
– ¡Teniente Contreras!- dice Albino mientras vuelve a cargar su fusil- tengo el presentimiento que nos van a querer envolver por el norponiente de la ciudad.
– ¿Usted cree?- pregunta incrédulo Contreras.
– ¡Sí, estoy seguro!- Albino vuelve a cortar cartucho- por cierto… ¿Trajeron municiones?
– Solo las de cada voluntario- le responde Contreras mientras trata de visualizar al enemigo.
– ¡Envié a algún destacamento a traer más!, A como veo esto, la fiesta va para largo.
– Van a dar las dos de la tarde- le dice Contreras mientras observa su reloj de bolsillo.
– ¡Ya hace hambre!- dice Albino mientras apunta su arma y agrega- ¡Que también traigan los carros de servicio!, contacte con Alació Pérez, pero..
¡muévase Teniente!.
El Teniente Manuel Contreras regresa presuroso con sus hombres, esquivando escombros y metralla de aquella terrible balacera.
– ¡Sargento Cinforiano!
– ¡A la orden Teniente Contreras! Cof, cof.
– ¡Fraccione a la tropa en pelotones de 5!.
– ¡Si señor! Cof, cof.
– Una vez hecho esto, envié 2 pelotones a la Calle de Zamora y Zaragoza que apoyen a los soldados del Teniente Rodríguez.
Los demás pelotones distribúyalos como apoyo de los compañeros que están en las calles de Hidalgo, Guerrero, Cortés y la del 5 de Mayo, deje una reserva en los Portales de la Parroquia, y envié un pelotón a la comandancia a recoger abastecimientos y parque.
– ¡Sí señor!, cof, cof- dice don Cinforiano cuadrandose.
Mientras los combates se intensifican en el primer cuadro de la ciudad; en la cocina de los cuarteles militares, las mujeres de los valientes defensores terminan de preparar los alimentos.
– Pues ya terminamos de palmear, lástima que se acabó la masa- Comenta
Charo mientras se limpia las manos en su falda.
– ¡Híjole, hicimos ré te hartas tortillas!, como para una boda- exclama Rosa secándose el sudor de su frente con la manga de su camisa.
– ¡Ay muchacha! ¿Tú estás pensando en casarte?- le pregunta Jovita incrédula.
– Pues eso quiero, ¡Con el hombre de mis sueños!- exclama romántica la chica.
– ¡Pues no creo que sea con el lagartijo ese que te trajo!, “yo lo veo muy verde para iguana y le falta color pá ser loro”- le dice Charo mientras suelta una risotada.
– ¡No se rían muchachas!, ¡El niño Jorge ya dejó a su familia por mí!, y pues a lo mejor se me hace- dice Rosa emocionada.
– ¡Uy muchacha! -exclama Charo- ¡Ese Lagartijo! ¿Con que te va a mantener? Se ve que nomás se le va la vida en puro leyer.
– ¡El niño Jorge es muy abusado!, ¡De verdad!- les dice Rosa convencida-
¡Va a ser un gran poeta!.
– ¡Pues a ver si te da de comer y te viste haciéndote poesías!, pero en fin.. yo ya termine también con los frijoles y les eche harto epazote como le gusta a mi viejo-Dice Jovita mientras le sopla con un pedazo de periódico al anafre con los frijoles.
– ¡Pues échale también harto chile!, ¡Porque a mi viejo le gustan bien picosos!
– ¡Híjole el niño Jorge no come chile!.
– ¿Será?- pregunta Charo de forma burlona.
– ¡De verdad!, le hace daño a la panza.
La candidez de Rosita hace reír a todas las mujeres de la cocina.
– ¡Ya dejen en paz a Rosita!- exclama Jovita- ¡No sean albureras!.
– ¿Ahora, pus que dije?
– ¡Ay chamaca!- le dice Charo sin dejar de reír- ¿ y así te quieres casar?.
– También la tortuguita ya quedo lista- dice Jovita mientras menea el guiso.
– Y que vas a hacer con el caparazón- pregunta Charo intrigada al conocer el valor que tiene aquella pieza.
– Pues mi Pepe seguro se lo vende a don Cinforiano, de aquí salen hartas peinetas y peines.
– ¡Ay yo quiero una peineta!, ¡Para cuando me case!- exclama cándida Rosa.
Las mujeres en la cocina guardan silencio cuando escuchan algunas voces y los cascos de la burrita entrando al patio de los cuarteles.
– ¡Miren ya llego don Atilano y don Cinforiano!- Grita Jovita.
– ¿Viene mi Viejo?- pregunta Charo.
– ¿Y mi niño Jorge?, ¡Vamos a ver!.
Al patio del cuartel llegan don Atilano con su burrita, Cinforiano, Belarmino, el joven de Villa, “El Jiribillas” y algunos rayados.
– ¡Bien, a cargar las municiones que nos indicaron! Cof, cof..
– ¿Oiga Sargento?, ¡Recuerde que mi burrita solo puede cargar más de dos cajas!, no me la vayan a echar.
– ¡Si, si, lo recuerdo!,cof, cof, ¡Los alimentos los llevaremos aparte!.
– ¡Don Atilano!, ¿Dónde dejo a mi Pepe?- pregunta Jovita preocupada.
– Muchacha, cof, cof, se quedó apoyando a la tropa.
– ¡Ay Dios mío, hasta acá se oyen los balazos!- exclama Jovita temerosa-
¡Debe estar fea la cosa!.
– Pues si muchacha como toda guerra, cof, cof, no hay guerra bonita.
– ¡Viejo, viejo!- Charo corre a los brazos de su marido.
– ¿Negra que paso?- le pregunta el “Jiribilla” ¿Ya vamos a comer rico?
– ¡Si viejo!, te hice tortillitas y les eche mantequita como a ti te gustan.
– ¡Gracias negrita!- abrazando a su mujer.
– Oye viejo ¿y no será bueno que ya nos vayamos, la cosa esta fea verdad?- pregunta Charo bajando la voz mientras abraza a su marido.
– ¡Negra!,- le contesta el presidiario también en voz baja- sí ya lo pensé, pero hay que esperar, cuando todos se distraigan nos podemos llevar algo y nos largamos de la ciudad, pero con algunos pesos que se nos peguen.
– ¡A que mi viejo! – Charo ríe en voz baja- ¡siempre tan abusado!.
– ¡Niño Jorge!, ¿Está usted bien?- pregunta Rosa al joven Jorge acercándosele.
– Bien Rosita- responde el joven Jorge de manera arrogante – las hordas enemigas están siendo batidas con singular brío por los hombres a mí mando, de hecho, yo sólo acabe con un pelotón de salvajes norteños.
– ¿De verdad?, ¡Ay niño Jorge que valiente es usted!- dice Rosa emocionada mirando fijamente al muchacho.
– ¡Ja, ja!- Belarmino no puede evitar reír al escuchar a aquella pareja, mientras cargan las cajas de municiones le grita a Jorge- ¡A ver tu
Napoleón, ven acá a ayudar, dejad en paz a la señorita!.
– ¡Ay! ¿Porque le dicen Napoleón?- pregunta intrigada Rosa.
– ¡Pura envidia Rosita!- exclama molesto Jorge- ¡Como esta gente no es de mi clase, se sienten amenazados ante mi singular talento para la guerra!.
– ¡Ay Niño!- exclama Rosa con un gesto de admiración.
Las municiones son cargadas rápidamente por los hombres en la burrita de don
Atilano, mientras que las viandas, ollas, cazuelas, anafres y demás enseres tienen que ser cargados por las propias mujeres.
– ¡Bien! ¡Andando, cof, cof andando debemos de regresar de inmediato!.
– ¡Oiga don Cinforiano, tengo una duda!- dice el joven Jorge.
– ¡Sargento Cinforiano para usted!- Aclara molesto Belarmino.
– ¡Ups! Sargento Cinforiano…
– ¡Dígame soldado de Villa!- interviene en tono conciliador Cinforiano.
– Observo que ya llevamos algo de alimentos, pero no veo la vajilla en donde la vamos a servir, ni el servicio más elemental como las servilletas.
– ¡Por Dios!- exclama Belarmino- ¡Qué a este tío no le funciona el cerebro!, ¿pues qué cree que es día de campo?.
– Yo lo comento- prosigue Jorge sin mirar a Belarmino- porque no creo que sea higiénico compartir los pocos trastes que llevamos.
– ¡Vaya Tío, que cabeza!- exclama molesto Belarmino.
– ¡Pues no esta tan errado el soldado de Villa!, cof, cof.
– ¡Pero patrón!- interrumpe Belarmino asombrado- ¿De dónde vamos a sacar todo eso?
– ¡Soldado Berlarmino!, cof, cof, cuando pasemos por la “Nueva Jauja” hay que sacar los pocillos y platos hondos que tenemos en la bodega, así como algunas cajas de galletas, todo lo que podamos compartir con nuestros soldados.
– Pero patrón, usted ha dicho…
– ¡Sí!, si, ya sé- interrumpe Cinforiano- cof, cof, de hecho yo sé muy bien que me apodan “La Piedra”, porque ni un poco de agua me pueden sacar, pero hoy es nuestro deber contribuir a la causa. ¡Andando, andando que las mujeres vayan a la retaguardia!, ¡Vamos que no tenemos todo el día!.
Mientras el grupo de mujeres y hombres al mando de Cinforiano emprenden la marcha de regreso, al sur oriente de la ciudad, cerca del Baluarte de Santiago, el pelotón al mando del teniente José Azueta se encuentra cavando una trinchera junto a los cañones ligeros.
– ¿Julián?, ¡Julián, ea!
– ¿Qué pasa “Cuatro dedos”?- pregunta Julián Martínez dejando de cavar la trinchera y observando a su amigo.
– ¡Me pica todo el cuerpo!- le dice “Cuatro dedos” mientras trata de rascarse la espalda- ¡jolines!, tengo tierra hasta en el alma.
– ¡No te quejes, que todos estamos igual- le responde Julián mientras reanuda su labor cavando una trinchera.
– Pero Julián, a mí me pica todo el cuerpo- insiste el español, quejándose de la comezón.
– Tal vez sea la planta esa que nos comentaron..
– ¿El “pica pica”?
– ¡Sí!, ¡Recordad que dicen los “jarochos” que con estos vientos, vuela de los médanos esa planta y se te mete en la ropa!.
– ¡Jolines!- exclama “Cuatro dedos” rascándose el pecho- ¡Oye Julián,
Julián, ea!
– ¿Y ahora qué quieres cuatro dedos?- pregunta molesto Julián por las constantes interrupciones de su amigo.
– ¿Será que las señoritas si nos hagan el descuento?
– ¡Ja, ja!, ¡Sigues pensando en eso!
– Bueno, es que ya sabes- dice “Cuatro dedos” mientras se rasca la entrepierna- desde que llegamos de España no hemos tenido… tú sabes, acción.
– Bueno tu no, pero yo sí, ¿Recuerdas a la chica de las verduras del mercado?- comenta Julián continuando con su labor.
– ¡Uff cómo no!
– Si, pues hace una semana…
La detonación del cañón cercano interrumpe la conversación de los hombres que cavan las trincheras, momento que aprovecha don Panchito García, para dirigirse a los dos jóvenes españoles.
– ¡Jóvenes!- les dice Panchito en tono paternal – No es propio de dos caballeros estar charlando de cuestiones íntimas y sobre todo de una dama.
– ¡Vaya don Panchito! que es una conversación sin malicia- le responde
“Cuatro dedos”.
– Yo les sugiero que cambien su conversación, además de que no es bueno que hablen de una dama, también creo que no es correcto hablar de mujeres delante de estos presidiarios.
– ¿Y eso?- cuestiona “Cuatro dedos” de forma irónica- ¿Que ellos son muy recatados?
– ¡No só bestia!- exclama Julián al percatarse de la mirada de los presidiarios- , tienen razón don Panchito, es que estos reos han estado mucho tiempo en la cárcel sin mujé.
– ¡Claro y su conversación los puede alterar!- agrega don Panchito.
– ¡A vaya!, con razón, sentía que se me quedaba viendo muy feo el tipo ese de los pantalones a rayas.
– Los que están vestidos a rayas son los presidiarios de Ulúa- aclara don
Panchito.
– No pues, si mejó cambio de conversación.
Mientras los hombres continúan cavando trincheras, arriba al lugar, el Capitán
Luis Salas, quien está al mando de aquella batería.
– ¡Teniente Azueta!
– ¡Señor!- el teniente Azueta se cuadra haciendo el saludo militar.
– Mi Capitán Anchondo me informa que sigamos disparando el cañón hacia la zona del muelle- dice emocionado el Capitán- está surtiendo efecto el bombardeo, los yanquis no se han percatado de donde vienen los disparos.
– ¡Perfecto Capitán!- responde satisfecho el teniente Azueta- sirvió de mucho el plano que nos brindaron los paisanos del muelle.
– Sí Teniente, pero no se confié, sigan haciendo disparos a intervalos más largos, para evitar que descubran nuestra posición.
– ¡Sí señor!
– ¡Hay que apurar a esos voluntarios!, que terminen pronto las trincheras, debemos colocar las ametralladoras para proteger la artillería en caso de que seamos atacados por el lado de mar.
– ¡Si señor, de inmediato!.
– Me regreso a la comandancia a recibir instrucciones, espere instrucciones a mi regreso.
– ¡Si señor!- Azueta se cuadra y al observar que su superior se retira, también se percata que el viento del norte no ayuda mucho a la construcción de trincheras; el trabajo de los hombres parecen no surtir efecto, por cada palada de arena el aire mete dos, lo que desespera al joven español “Cuatro dedos”, apodo que recibió por haber perdido una de sus dedos de la mano derecha en una pela en su natal Sevilla.
– ¡Oiga mi teniente!- “Cuatro dedos” se dirige muy solemne al teniente
Azueta.
– ¿Qué desea?- pregunta curioso el joven Azueta.
– Pues yo quisiera seguir cavando, pero ya me gruñen las tripas, y hasta estoy viendo doble.
– Tengo entendido que ya se está distribuyendo el rancho- asegura el
Teniente Azueta.
– ¿El Rancho, y eso pá que me sirve?- pregunta intrigado Cuatro dedos.
– Quiere decir que ya está por llegar la comida.
– ¡Jolines!, ahora si entendí.
El entusiasmo se apodera de los hombres, cuando ven llegar un grupo de mujeres del cercano Barrio de la Huaca, el ambiente se llena de chiflidos y piropos.
– ¡Alto señoritas!- grita el Teniente Azueta a aquel grupo de mujeres- ¿Y ustedes a dónde van?
– ¿Qué paso Pepito?- cuestiona la picara Domitila- ¿A poco ya no te acuerdas de mí?
– ¡Ejem ejem!- el teniente se sonroja- señoras por favor, vayan a lugar seguro.
– Pues estábamos observándolos desde hace horas y pues les traemos un poco de fruta, atole y unos tamalitos que las muchachas hicieron para nuestros valientes defensores.
– ¡La Patria de los agradece!- les dice el teniente Azueta a Domitila.
– Pues nosotras también sémos pueblo- agrega Domitila orgullosa- , ¿qué no?, pero igual luego me lo agradece usted personalmente, ¿No mi teniente?.
– A ver usted don Panchito – dice Azueta aparentando no haber escuchado la proposición de Domitila- que es el más serio, encárguese de distribución del Rancho. ¡Tienen 20 minutos para proceder a tomar sus alimentos!.
– ¡Si señor!, A ver, a ver vamos haciendo grupos de cinco, que a todos nos va a tocar, mantengan el orden.
Los hombres lanzan gritos de júbilo y se acomodan como les indica don
Panchito.
– ¿Oiga señorita?, le dice “Cuatro dedos” a Domitila- con su permiso.
– ¿Dime Galleguito?
– ¿Y sus tamalitos picaran mucho?
Aquella pregunta ocasiona la risa de las mujeres.
– Pues dicen que si Galleguito- responde sonriendo la picara Domitila.
– ¡Jolines!, ¡Es que yo no soporto el picante!.
– ¡Ah que galleguito tan delicado!, ¿Cómo ven muchachas?
– ¡Ya cállate so bestia!- le dice Julián a “Cuatro dedos”- creo que te están bureando.
– ¿Bureando?- pregunta incrédulo “Cuatro dedos”.
– ¡Albureando!- aclara Domitila riendo a la par que todas las mujeres-
Albureando Galleguito
– Ya anda siéntate- le ordena Julián- y come lo que te den, “a caballo regalado no se le ve colmillo”.
– ¡Pues si macho!, pero es que a mí el ají me da mucho dolor de tripa, es como este picó de cuerpo por curpa de la planta esa que “pica, pica”.
– ¡Ah pobrecito galleguito!, ¿te cayó “pica pica”?- le pregunta Domitila mientras se acerca a observar el torso desnudo y lleno de cicatrices de
“Cuatro dedos”- bueno, espera, deja que terminemos de dar de comer y te traigo una crema especial que hago para combatir el “pica pica”.
– ¡Dio se lo pague señorita!, ¡É uté una Santa!
El comentario de Cuatro dedos ocasiona nuevamente la risa de las mujeres.
– ¡Ay por favor Galleguito me apenas!
– ¿Que Santa? ¡No! , é uté una Virgen, Virgen de la Esperanza, como la de mí tierra.
Por la vida é mi padre é mi madre, y é todos mis difuntos.
– ¡A que Galleguito tan chistoso!, ¡Te estas ganando el cielo!- le dice Domitila sin dejar de observar las heridas de peleas que tiene “Cuatro dedos” en la espalda.

US - US -