Irene Ortega Valdivia

Sin duda, pertenezco al segmento de la tercera edad; es decir, una vejez algo avanzada y que muchos tratan de esconder porque les aterra. Sin embargo, mi equilibrio emocional y afectivo sigue al cien por ciento, no así mi deterioro físico vencido con esfuerzos supremos y la voluntad de ese extraordinario, valiente y justo juez que no deja de enviar luz a mi cerebro y fuerza a mi voluntad para seguir siendo testigo de la evolución de éste nuevo mundo asombrándome y maravillada de presenciar y vivir los 17 años del nuevo milenio, observando además que las nuevas generaciones parecen haber perdido la capacidad de asombro ante ello y todas sus evoluciones; aunque de cierta forma es normal, porque las referencias de sus vidas datan del hoy no del ayer.

La Vejez tenía que ser nombre femenino porque somos nosotras las que planeamos el futuro a sabiendas que la vida es aquello que sucede en estos tiempos de locura desenfrenada y de prisa sin sucumbir a la añoranza, porque sería un gran error, tan grande como correr tras el viento.

La longevidad ha aumentado notoriamente e impresiona ver y admirar a señoras y señores regiamente vestidos y maquillados con apariencia juvenil. Sin embargo el preocupante es el surgimiento de la demencia senil. Por lo mismo y si lo vemos fría y razonadamente no nos debe molestar el envejecer porque a muchos se les ha negado ese privilegio.

Por esto y más, me quedo con lo que dijo Gabriel García Márquez “…el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad…”. En cambio Aldous Huxley dice: “ llevar el espíritu de niño hasta la  vejez, significa no perder el entusiasmo”.

Menciono éstos veraces decires, porque parecer joven es la obsesión de nuestro tiempo de mucha gente conforme van acumulando años, y es que no importa mucho alcanzar la vejez, pero sí el sentirnos viejos. Es una inevitable consecuencia del paso del tiempo. Por lo mismo, la fórmula mágica es no dejar de sonreír por haberte vuelto viejo; te vuelves viejo .

Me encanta ésta época de diversas libertades, de adelantos extraordinarios y todas sus maravillas, pero simultáneamente añoro la convivencia sincera y desinteresada de amigos de antaño, la comunicación familiar y todas esas nimiedades como dicen algunos jóvenes, sin percatarse que la mayor parte de las relaciones son superficiales y hasta convenencieras.

Hoy, uno de los pilares que sostiene al mundo moderno es la tecnología y parece ser que el ser testigos de esto y tantos más nos reviste de fortaleza y “juventud”. Concretamente, parece ser que la vida vale por lo que a cada quien le significa: llámese joven o viejo.

Los avances tecnológicos que benefician a la humanidad son bienvenidos, pero situarnos en la realidad requiere un supremo esfuerzo.

Por ejemplo, éste pasado 28 de Agosto se celebró a todo lo que da, el Día de los Ancianos Abuelitos; muchos buenos, otros nocivos como los que deambulan dentro de la política que ya nada pueden hacer por ella y que de alguna manera han afectado nuestra soberanía. Quizá por éstos señalamientos, Séneca dijo: “Aprender a no ser joven es el aprendizaje más largo y difícil”.

El envejecer y saberlo es casi un arte que muy pocos podemos entender, porque son muchos los problemas a los que hay que enfrentar; el sentimiento de soledad, cuestiones de salud, la muerte de seres queridos, el valor de la amistad, porque no es fácil encontrar una persona que sepa abordar y hasta compartir los problemas de la vejez con sinceridad.

Concretamente, hay que dirigir la nave de nuestra existencia hacia otros confines; por lo mismo doy gracias al Supremo Creador el haberme permitido ser testigo de tantas transiciones y aceptar con sapiencia que el Hoy tiene también sus encantos.