Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Al llegar a la misa tenemos presentes las cosas que Jesús nos viene compartiendo. No podemos cambiarle el tema sino estar a la expectativa de lo que quiera completar a su enseñanza. La misa se conecta con esos temas y reflexiones que Jesús viene exponiendo.

Es como si llegáramos a aclarar los pendientes que han quedado y uno de esos pendientes, en estos días, tiene que ver con la fe, cuya dinámica no siempre alcanzamos a entender.

Precisamente sobre la fe hemos experimentado entre tristeza y nostalgia al reconocernos entre aquellos discípulos a quienes Jesús señaló como: “Hombres de poca fe”. Nos queda muy bien este señalamiento porque no siempre nuestra confianza en Dios es incondicional y porque nuestra fe se ve frenada de muchas maneras.

Resulta preocupante este señalamiento de Jesús porque lo dice nada más y nada menos que a sus mismos apóstoles, a los más cercanos, a los más amigos, a los que habían convivido estrechamente con Él, a los que habían presenciado los signos del reino.

Nos sorprende, pues, que a ellos les diga hombres de poca fe, aunque pronto aceptamos esa posibilidad al descubrir nuestra propia falta de fe. También para nosotros Jesús no es ningún desconocido; hemos vivido y crecido en la Iglesia. Pero Dios nos va llevando por caminos en los que no siempre nos sentimos con la motivación y la determinación necesarias para seguir adelante.

En la vida de fe nos podemos quedar acostumbrados a la luz y a las grandes emociones, que nos cuesta reconocer a Jesús en la cruz y en las tribulaciones.

Cuando no se entiende la dinámica de una vida de fe podemos estar rayando sutilmente los terrenos de la superstición. Es decir, buscar a Dios, hacer bien las cosas y cumplir nuestro deber como una manera de comprar a Dios, de someter a Dios y de conseguir lo que le pedimos. Como si se tratara de una especie de trueque en el que inconscientemente le decimos a Dios: “yo ya cumplí contigo, ahora tú me debes cumplir”.

La fe auténtica no busca inmediatamente la retribución, no ama a Dios por sus dones sino porque es Dios, porque está convencida que Dios es lo mejor que nos ha pasado en la vida, más allá de las bendiciones y beneficios que nos pueda conceder. Por eso el hombre de fe es inconmovible y se mantiene en la fidelidad al Señor.

Menos mal que también en nuestras comunidades cristianas encontramos gente de mucha fe, hermanos que son incondicionales con Dios, personas cabales, derechas con Dios, que a pesar de las dificultades y las tribulaciones se mantienen con fidelidad y perseverancia en la fe.

Nada menos que a los apóstoles Jesús llega a decirles hombres de poca fe; y de quien menos esperábamos Jesús dice: “Mujer qué grande es tu fe”. Así se expresa Jesús de esta mujer extranjera cuya actuación y diálogo con Jesús revela más que su propia aflicción, pues ahí están contenidas algunas notas preciosas para meditar en lo que es una vida de fe.

Siguiendo el caso de esta mujer cananea podríamos decir que la fe antes que nada consiste en aceptar el aparente silencio de Dios. Su dolor es muy grande, su aflicción la lleva incluso a gritarle a Dios, pero parece que Jesús no se conmueve ni ante el sufrimiento manifiesto de la mujer.

Se podría pensar que este aparente silencio es lo más difícil en una vida de fe y que superando esta dificultad podrá obtener una respuesta. Pero aquí es donde viene quizá una constatación más estremecedora. Pues después del aparente silencio de Dios hay que aceptar el aparente rechazo de Dios.

En efecto, la respuesta de Jesús puede ser desconcertante y pone a prueba la fe de la mujer que insiste, no se siente rechazada y al final consigue que Jesús atienda su necesidad y sane a su hija. Ante este aparente silencio y rechazo de Dios, el hombre de fe sabe que Dios no es despiadado, ni insensible ni pasivo. El hombre de fe no toma de manera personal una actitud como esta de parte de Jesús sino que su confianza incondicional lo lleva a adorar no sólo la respuesta sino también el silencio de Dios.

Desde la espiritualidad de San Juan de la Cruz: “La primera lengua de Dios es el silencio”.

En su obra Invitation to love, Thomas Keating escribe: “El resto es una pobre traducción.

Para entender esta lengua debemos aprender a estar en silencio y a descansar en Dios”.

“Hombres de poca fe” y “mujer qué grande es tu fe”. De estas cosas apasionantes venimos hablando con Jesús, por lo que tenemos que estar a la expectativa de sus nuevas enseñanzas y de las claves que nos siga ofreciendo para descubrir lo que le falta a nuestra fe. Está claro que nos falta aprender a estar en silencio para llegar de esta forma a hablar y traducir la lengua de Dios.